Daniel Gonnet, Fátima Cabrera
Resumen
La presente ponencia se propone recorrer el espinel de la historia del proyecto Escuela Popular de Música analizando algunos hitos de gestión: planteo del proyecto inicial – la primer construcción – la edificación del proyecto Tecnicatura en Música Popular – la articulación con la Universidad Nacional de La Plata – la articulación con los ministerios de Desarrollo Social (en 2010-2011) y de Educación (en 2013). El proyecto Escuela de Oficios: Luthería y luego la inauguración del edificio Casa de Nuestros Hijos La Vida y La Esperanza en 2015.
Se pretende efectuar un recorrido por el período 2016 a la actualidad con un análisis de las estrategias para la gestión del proyecto integral. Se compartirán las estrategias de autogestión, microgestión junto con la articulación como base para el proyecto. En este sentido, se reflexionará en las misiones y visiones de las organizaciones de base comunitaria que hacen posible esta supervivencia.
Al mismo tiempo, pese a las dificultades propias del período, se hará un correlato acerca de la inserción social y comunitaria del proyecto como de sus estudiantes y egresados.
Palabras claves: Asociación Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora – Fundación
Música Esperanza- Escuela Popular de Música/Tecnicatura en Música Popular
Las prácticas en los territorios -narrativas- las prácticas de gestión de
proyectos desde las organizaciones sociales.
“Vimos como un derecho tener una escuela de música popular porque muchos jóvenes tienen esa vocación, y esa vocación se transforma en algo necesario para su personalidad. Y siendo una necesidad se transforma en un derecho. Para nosotros cada acto que se haga en la escuela de música, es una celebración de la memoria, de la verdad y de la justicia por las que venimos, las madres, trabajando desde hace 35 años” Enriqueta Maroni.
Integrante de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora. Mentora del proyecto. (Testimonio)
“La Escuela Popular y La Tecnicatura en Música Popular forma parte de viejos sueños, de sueños veinteañeros. Cuando a finales de los años 60 con mi mujer creamos la primera agrupación de estudiantes de música, creíamos que había que reformar completamente el conservatorio, que había que darle lugar a la música popular. Entendíamos que la música no tenía que circunscribirse al Teatro Colón, y que para eso hacía falta otra formación”
Miguel Ángel Estrella. (nota periodística)
El 30 de agosto de 2008, en el hall central de este Centro Cultural (Haroldo Conti – CABA- Argentina), iba a dar un concierto Miguel Ángel Estrella. Aún pueden verse las paredes despintadas, sin intervención de lo que fuera la ESMA. Sí se visualiza un gran banner que no deja de repetir en segundo Plano, detrás del Título de Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti, memoria en construcción, memoria en construcción…
Ahí hay un jalón importantísimo, una foto de época, una necesidad.
El concierto no se dio, pero muchísimas personas poblaron la sala, muchísimas Madres y muchísimos jóvenes. Las principales oradoras fueron Martha Vázquez (por aquel entonces presidenta de la Asociación Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora) y Esther Córdoba (presidenta de la Fundación Música Esperanza).
Se anunciaba el desafío de un trabajo conjunto para una Escuela Popular de Música, también se utilizó el nombre de Instituto Superior de Música Popular, y la formación de Músicos Sociales.
Todos estos nombres se hallan en el imaginario de este gran proyecto que dos organizaciones sociales han dinamizado, y sostenido aún en años de grandes dificultades, enfatizando en la principal dificultad de no encontrar espacio dentro de las agendas de educación, cultura y sobre todo en las políticas de derechos humanos.
Vale traer a la memoria la fecha: 30 de agosto, un hito en la vida del proyecto, un modo de “estar” (Kusch, 2000) como pensar aquí, y desde aquí, desde nuestra propia cultura.
Entonces la juventud: “Para nosotros cada acto que se haga en la escuela de música, es una celebración de la memoria, de la verdad y de la justicia” dice Enriqueta Maroni. La juventud fue la población elegida para la transformación social, a través de la música.
Quizás valga la pena decir que el llamado fue hacia esa pulsión de juventud que forma el elemento música y que arrasa y atraviesa, y que mancomuna a quienes se sienten jóvenes y llamados por una causa. La que encarnan las Madres y que nos identifican y nos otorgan sentido al quehacer.
La experiencia de la Fundación Música Esperanza se remonta a los años 80´s y vertebra una serie de tareas y trabajos que se vinculan al quehacer musical en territorios deprivados de derechos. Los elegidos a lo largo del tiempo han sido hospitales, barriadas populares, escuelas en barriadas populares, poblaciones marginadas.
De esa manera es que se pretendía construir el rol de ese músico social, de un músico que encuentre implicarse con su sociedad y su época y que cree su narrativa desde ese marco, desde ese espacio situado y desde una estética devenida de esos procesos populares, de sus luchas y sus historias; y de sus territorios.
Territorio ha sido una variable muy debatida dentro del proyecto. Más allá de sus múltiples atravesamientos y la necesidad de otorgarle una conceptualización compleja -un campo de problemas- elegimos hablar de territorio social como espacio de construcción de identidad, de consolidación de relaciones sociales complejas y transformadoras; quizás muy cercano también a los espacios públicos, de índole ruidosa o porosa, alejados de los “no lugares”
(Auge, 2001).
Música Esperanza brinda al proyecto ese sentido. El de una música transformadora, una música puesta en juego en territorio. Una música -lejana a otras concepciones hegemónicas- donde no se tenga un absoluto control de las variables intervientes (supremacías de la técnica para ámbitos específicos de quehacer artístico) sino que se pongan al servicio de lo que ha sido la lucha de las Madres. De tal forma los territorios elegidos han sido las marchas históricas (24 de marzo), pero también las marchas en las cuáles la memoria se encuentra en perfecto movimiento y necesita una movilización, un “estar siendo” (Kusch, 2000). En ese punto, se agudizó la necesidad de estar poblando la calle desde 2016 a esta parte. Las marchas de pedido por Santiago Maldonado, la consabida marcha histórica del 2×1, los Ni una Menos, los abrazos al congreso por la ley a favor de la interrupción voluntaria del embarazo, las marchas docentes, entre tantas otras han llevado a la configuración de estéticas para estar como músicos intervinientes en los territorios.
La Tecnicatura en Música Popular podríamos decir que es la nave insignia del proyecto de Escuela, ya que ha sido el primer espacio que logró una consolidación. La búsqueda del perfil de trabajo, la formación necesaria para eso se cristalizó en la creación de la Carrera.
Primero de la mano del Ministerio de Desarrollo Social, quien generó la vinculación con la UNLP, para gestar una carrera que forme personas vinculadas al quehacer musical dentro de los diferentes espacios de trabajo del Ministerio en el área metropolitana.
A partir de esa vinculación surgió la idea de una Extensión a nivel país, pensada prioritariamente en comunidades pequeñas de provincias del NOA y NEA. Este proyecto fue suprimido, ya que era difícil materializarlo, sobre todo por cuestiones logísticas.
En 2013 la Tecnicatura es conveniada entre el por entonces Ministerio de Educación de la Nación, las organizaciones Música Esperanza y Madres Línea Fundadora.
Como la describiéramos en otra época, este espacio educativo el quehacer musical como hecho cultural movilizador que aúna: i) procesos mentales que se ponen en juego sólo cuando ocurre lo que denominamos música; ii) pautas de comportamiento antropológico que nos acompañan desde nuestra más temprana humanidad como especie; iii) ámbitos para habitar desde lo subjetivo e intersubjetivo; iv) continentes para la participación social; y también, y más aún v) la faceta de disfrute, o fruición, donde la música aporta una dimensión simbólica a la generación de nuevas realidades sociales a partir de su capacidad espontánea de evocar y de estimular la expresión de las necesidades personales y sociales que reivindican la importancia de la naturaleza humana como elemento constitutivo de la vida social (Steingress, 2006). Así, la Tecnicatura en Música Popular como ámbito educativo procura favorecer el desarrollo de habilidades musicales. Pero habilidades que no se ajustan a un ideal estético preconcebido conforme una concepción de música impuesta. Por el contrario, son pensadas como parte del entendimiento humano de la música y están determinadas tanto por nuestra constitución biológica (como organismos musicales) y nuestras características antropológicas (como miembros de la especie), en conjunción con las particularidades psicológicas, sociales, culturales, individuales y circunstanciales (López Cano, 2005). El objeto de estudio de la Tecnicatura es la música popular en tanto hacer cotidiano (Small,
2000), entendiéndolo como emergente, como cultura sin mayúsculas, como vivencia, donde la experiencia musical es un complejo que “arrebata, transporta a niveles extáticos, de trance, de experiencia única, irrepetible, intransferible… inefable…” (López Cano, 2005, s/p).
Además de esta ontología de la música se asume el compromiso de la transformación social. Lógicamente este compromiso se identifica con el de las instituciones que abrigaron su génesis. Ellas, como todas las organizaciones que le dan su nueva identidad al predio Espacio Para La Memoria nacen de la resistencia a la supresión física y, más aún, simbólica. Por ello, a pesar de la tragedia y el horror se reivindica el carácter transformador del arte y de la cultura como hacedores del complejo musical, tan esencial y espiritualmente humanos. Desde las particularidades de su plan de estudios, con elementos contextuales, con actividades en espacios públicos, buscan un impacto transformador tanto en quienes se forman como futuros técnicos como así también en aquellas personas y ámbitos que son alcanzados por la propuesta (Shifres & Gonnet, 2013).
La Escuela de Oificios o taller de luthería, fue también parte del primer proyecto de Escuela. Orientado hacia aquellos/as que quieren vincularse con los oficios, principalmente personas que buscan orientar su formación al mundo del trabajo. Es noviembre de 2015 se firmó un nuevo convenio por un proyecto que financió la compra de equipamientos y materiales.
En la Escuela se realizaron y aún realizan cursos de construcción de guitarra criolla, además de la reparación de instrumentos que autofinancia su funcionamiento.
Lamentablemente la falta del salario de un capacitador trae aparejado la discontinuidad. En el mismo sentido, la constante suba de materiales del último período hace que los cursos sean difíciles de financiar, y más aún de ser alcanzados por el público que en un principio era el objetivo de estos.
Para finalizar, cabe mencionar que el proyecto Escuela ha sido sostenido por los diversos componentes de su comunidad, en lo concreto y en lo simbólico.
La visión y misión de las organizaciones, la implicación de sus estudiantes, la militancia de los organismos, la mística y la música como elementos aglutinantes ha permitido que el proyecto permanezca incólumne. Además, y no menor el espíritu comunitario de sus partes constitutivas. Se suma la capacidad de microgestión de los mismos colectivos. Tal así, las peñas, las ventas del barcito solidario, entre otras permite la continuidad.
Esto, dentro del marco del Espacio Memoria y Derechos Humanos, la memoria en construcción – constante, casi como un loop.
Decimos que “ se hace vida con el sol, y en la Pachamama florece”…
Bibliografía
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