Víctor Daniel Zas, Daniela Saez Feliú
Resumen
La primera década de la Escuela Popular de Música se inscribe en una danza de fuerzas, tracciones y conquistas enmarcadas en las más diversas coordenadas políticas, culturales, académicas y territoriales. Se trata de un proyecto surgido a partir de la voluntad de las Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora de conciliar la música y el compromiso social en un mismo espacio, apuntando a la formación de artistas como agentes de transformación, promotores de derechos humanos y articuladores territoriales.
Ante la actual coyuntura, la reflexión sobre el legado de las Madres se vuelve apremiante y nos obliga a preguntarnos por el valor de esta experiencia, fruto de su infinita imaginación política. Para ello nos proponemos historizar estos más de diez años de proyectos a través de sus protagonistas: integrantes y referentes de la Escuela que han transitado diversos espacios, entre los que podemos mencionar la Tecnicatura de Música Popular, el Taller de Luthería, la Red Arte, Memoria y Territorios y la Diplomatura en Música Popular Folklórica, Gestión Cultural Comunitaria y DDHH, entre otros. A partir de entrevistas y registros nos proponemos reconocer los diversos perfiles que la Escuela Popular de Música promueve, describiendo su relación con el quehacer musical, la educación popular y la inserción comunitaria.
“Hoy soy cuerpo puesto a germinar”
Gabo Ferro
Introducción
La Escuela Popular de Música surge al calor de los sueños de las Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, que imaginaron un espacio de aprendizaje musical en lo que fuera un pabellón de alojamiento para suboficiales durante la última dictadura cívico-militar.
El complejo contexto que atravesamos nos invita a desandar el camino trazado durante más de una década y aventurar posibles respuestas a la pregunta: ¿por qué una escuela de música?
Emplazada en el Espacio Memoria y Derechos Humanos, la Casa Nuestros Hijos, la Vida y la Esperanza es una usina de proyectos y actividades que se entrelazan, que hacen dialogar la música, el arte, los oficios, la militancia, la política, la memoria. Así lo quisieron ellas, así imaginaron ese edificio que les fue cedido a partir de la recuperación de la ex ESMA.
Este trabajo propone preguntas, lejos de las preguntas inquisidoras que hoy auditan, miden, desprecian, violentan, que sospechan siempre del más débil. Preguntas que buscan indagar en los motivos, en los procesos y en los frutos, entendiendo que la escuela es, ante todo, un proyecto profundamente dinámico.
¿Por qué la música es memoria?
En el año 2017 se realizó una serie de entrevistas en las que se pedía a las Madres y otros y otras referentes de la escuela que respondieran esta única pregunta. Recuperamos estos micrometrajes (Escuela Popular de Música, 2017) porque creemos que encierran algunas claves para entender el primer puntapié que dio vida al proyecto.
“Yo creo que la música es memoria porque la tenemos adentro. Nacemos con esa posibilidad (…) de que algo nuestro canta, o tiene ritmo, o simplemente nos arrulla o nos protege. Y todo eso tiene que ver con algo musical. Termina siendo muy sublime para el hombre. Entonces eso me parece que debe haber pasado de generación en generación, de la madre que arrulla al hijo que llora, y a la mezcla de esas cosas que van quedando en la posibilidad de relación profunda entre la gente” (Laura Jordán de Conte).
“Hace mucho que con un grupo de amigas, de compañeras profesoras de historia, estoy estudiando los muy complejos aspectos de la memoria. Sé muy bien que el sonido es parte fundamental de los recuerdos, de hecho, una música de la infancia escuchada cuando uno es mayor dispara toda una serie de recuerdos que tienen que ver con la propia identidad” (María Adela Antokoletz).
“Nosotros, seres humanos, necesitamos comunicarnos (…) Las palabras integran distintos idiomas, y los idiomas entre sí tienen incomunicación, está el tema de la torre de Babel, ¿no? La música es un lenguaje universal que todos sienten con los sentimientos, que todos entienden. Es extraordinario el poder que tiene la música para transmitir las emociones, inclusive expresiones de dolor, de felicidad, mejor, a veces, que otros lenguajes. Y también puede clamar, clamar por justicia, clamar por verdad y clamar por memoria. (…) En ese sentido la música es un valor extraordinario que en momentos de necesidad los seres humanos, las sociedades, el mundo, necesita transmitir para recordar pero para también desde el presente iluminar el futuro” (Vera Jarach).
Con estas palabras, las Madres tocan zonas sensibles del quehacer musical. Podríamos entramar su discurso con el de Cross (2010), que investiga las funciones sociales y comunicativas de la música y destaca su eficacia para el manejo de situaciones de incertidumbre social.
El autor refiere a la experiencia musical colectiva como una instancia de afiliación en contextos significativos para la comunidad, particularmente en aquellas circunstancias donde
“la integridad o la estabilidad de una comunidad parecen estar amenazadas o parecen requerir reafirmación: aquellas donde las relaciones en el interior de los grupos requieren ser refinadas; en las transiciones de vida significativas para los individuos, y para los individuos como parte de una comunidad más amplia; en situaciones que requieren de la promoción de las relaciones propicias entre el orden social y aquello que lo sostiene; en situaciones formativas para la identidad individual y colectiva, en instancias de crisis personal; y en las vicisitudes de las interacciones cuidador-niño” (Cross, 2010).
La potencia de la música reside tanto en su ambigüedad o indeterminación semántica (que habilita la construcción de sentidos personales e individuales) como en la sincronía y la capacidad de alinear acciones, gestos y sonidos en un mismo acto musical colectivo. Otro factor insoslayable es su poder de inducción de estados de ánimo. El autor conjuga estas características otorgando al quehacer musical la capacidad de cohesión de una comunidad: la posibilidad de una “relación profunda”, como la nombra Laura Conte, desplegada en un momento de necesidad para recordar pero también para iluminar el futuro, en palabras de Vera Jarach. Y aquí cito a Enriqueta Maroni, mentora del proyecto, cuando relataba que “la música era algo que le gustaba a nuestros hijos, es algo que siempre está del lado de la vida y del cambio”. La música como banda sonora de militancia de esa generación diezmada por la dictadura cívico militar aparece y vuelve a aparecer cada vez que las Madres narran a sus hijxs. No se nos ocurre una situación de incertidumbre social más intensa que la posibilidad de perder la vida un proyecto político. El florecimiento de la música y de la poesía incluso en contextos de detención clandestina nos hablan esa expresión que ebulle y resiste frente a la deshumanización.
Desde esta mirada, la propuesta de crear una escuela de música en un ex centro clandestino de detención, tortura y exterminio parece no sólo oportuna si no necesaria. Sobreponerse colectivamente a un genocidio y habitar los pasillos, recovecos y paredes que fueron testigos del espanto implica un desafío histórico. Y ese desafío amerita una respuesta conjunta, profunda, que toque fibras emocionales, que interpele a cada unx en su individualidad pero que también genere cohesión y afiliación. La música parece una excelente candidata para ello. ¿Pero cuáles fueron los frutos de esta iniciativa?
Siembra, cosecha y después
En el año 2011 surge la Tecnicatura de Música Popular, a partir de la articulación entre la Asociación Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, la Fundación Música Esperanza y la Universidad Nacional de La Plata, como una propuesta de formación académica enfocada en la música como motor de la transformación social.
La tecnicatura se forjó como experiencia pionera de la cual se fueron desprendiendo nuevas experiencias. Surgió en un contexto de fuerte apuesta por la educación popular y construcción comunitaria, con el aval del Ministerio de Educación y el Ministerio de Desarrollo Social de la Nación. Quienes se acercaron desde sus inicios formaron parte de esa progresiva recuperación del espacio, desde el sentido figurado hasta el más literal: se derribaban paredes, aparecían nuevas instalaciones, se inauguraban aulas, se descubrían salas, se ponía en valor cada metro cuadrado aún en tiempos de desfinanciamiento, con el trabajo colectivo e incansable de la comunidad. Ese mismo enraizar en territorio se dio en paralelo a la construcción de una vasta red de organizaciones del Área Metropolitana de Buenos Aires dedicadas a la promoción del arte como herramienta de transformación, que posteriormente se formalizó como Red Arte, Memoria y Territorios. Así, la escuela se conformó como una entidad en continua germinación, desbordando sus límites territoriales. Proponemos un acercamiento a algunas de estas numerosas experiencias a través de sus protagonistas.
La Tecnicatura de Música Popular
La propuesta de la Tecnicatura de Música Popular unifica cuatro ejes troncales: formación y práctica musical / formación sociocultural, política y de derechos humanos / formación en herramientas para la gestión cultural / didáctica y educación popular. Es por ello que el perfil del estudiante/egresadx abarca un crisol de múltiples actividades, cualidades, capacidades e inquietudes.
Soledad es estudiante de la Tecnicatura, egresada de la Escuela Metropolitana de Arte Dramático, se dedica hace años al trabajo con infancias en diferentes ámbitos. Es docente de teatro y música en nivel inicial, y ha participado en múltiples proyectos y actividades de la Escuela Popular de Música.
Ella nos comparte que su trayecto por la escuela le permitió
“repensarme en lo profesional, le pude dar un giro a mi trabajo con las infancias que era a lo que me venía dedicando desde lo cultural. Pero lo pude resignificar y en mi caso, me animé a abrirle la puerta a la docencia y estoy contenta con eso. Y después algo que me parece destacable de la escuela es que puntualiza la posibilidad de generar un proyecto propio, es como que se abre un espacio de transitar un proceso desde las distintas materias, es como que te fuera invitando a escuchar y a escucharte, y a desenvolver algo así como una voz propia.”
Asimismo, comparte las implicancias de su trayecto en la materia Prácticas Territoriales, durante la cual estudiantes de la Tecnicatura realizan prácticas profesionales en las organizaciones con las cuales articula la Escuela Popular de Música, enmarcadas en la Red Arte, Memoria y Territorios:
“En la cursada de la materia Prácticas Territoriales tuve la posibilidad de conocer distintos espacios donde la escuela gestiona proyectos con otras organizaciones. En este caso la Asociación de Mujeres La Colmena del barrio Villa Hidalgo de José León Suárez. A partir de un contacto con referentes de la Orquesta Estable de Radio Reconquista que funciona en el barrio tuve la oportunidad de contarles un poco mi deseo de realizar la experiencia de prácticas en el jardín comunitario del barrio, Jardín La Colmenita. Y bueno, me lo permitieron muy generosamente así que quedé muy agradecida porque me abrieron las puertas.”
Este recorrido conjuga prácticamente todos los ejes que conforman la propuesta de la tecnicatura, al enlazarse distintas instancias de reflexión, práctica, sistematización y aprendizaje musical que decantan incluso en la exploración de una nueva faceta, la de la docencia. La entrevistada amplía que durante la cursada de la materia “Proyectos y Dispositivos de Abordaje Socio-musical” diseñó y planificó un proyecto para dar clases de música en un jardín comunitario, y que finalmente pudo llevarlo a cabo en la materia Prácticas Territoriales tal como lo expresa la cita, mientras simultáneamente incursionaba en la enseñanza musical en el ámbito privado.
Ese espacio que la estudiante nombra como un proceso de auto-escucha y de desarrollo no es más que el que habilita la educación popular: una síntesis entre la teoría y la práctica que favorece la co-construcción, sistematización y aplicación de conocimientos de forma crítica, situada y comprometida, partiendo de la lectura del mundo del educando (Freire, 2002).
Continuemos recorriendo otros trayectos. En este caso, el de Agustín, que representa un perfil más vinculado a la promoción de los derechos humanos.
Agustín es egresado de la Tecnicatura de Música Popular y trabajador del Ente Público, el organismo que administra el predio del Espacio Memoria y Derechos Humanos ex ESMA. Actualmente trabaja en la Escuela desarrollando tareas logísticas y de articulación entre los diversos proyectos que la integran. Formó parte de las primeras cohortes de estudiantes y combinó su trabajo en el predio con su trayectoria estudiantil. Sobre su paso por la escuela comparte que
“Creo que lo que más pude aplicar sobre los aprendizajes es lo que tiene que ver con la formación en derechos humanos. Actualmente vivo en Baradero y estoy trabajando en el municipio en la Dirección de Derechos Humanos y pudiendo llevar algunas propuestas que por ahí fueron pensadas en esa Escuela o en Madres o en el Espacio Para la Memoria”.
La Diplomatura en Música Popular Folklórica, Gestión Cultural Comunitaria y Derechos Humanos
Durante el año 2022 se desarrolla en la escuela una propuesta de formación universitaria para referentes de organizaciones comunitarias con antecedentes en la promoción de actividades socioculturales, artísticas y musicales en contextos de vulnerabilidad social. Dicha iniciativa fue resultado de un convenio con la Universidad Nacional de las Artes con el apoyo del programa “Gestionar Futuro” del Ministerio de Cultura de la Nación. A través de esta propuesta dieciséis jóvenes y adultxs integrantes de diversos espacios comunitarios del Área Metropolitana lograron certificar sus conocimientos.
Alan es uno de esos referentes. Formado en los talleres de la ya mencionada Radio Comunitaria FM Reconquista, se desarrolló como músico en principio tomando clases de diversos instrumentos, participando en la Orquesta Estable de Radio Reconquista como intérprete y posteriormente desempeñándose como docente tallerista en la organización. Ha dictado clases de instrumento y de armonía en otros espacios comunitarios. En relación a lo que más valora de su tránsito por la diplomatura, Alan refiere a la posibilidad de
“poder opinar y tener data de cómo encarar un proyecto y poder aportar mi participación en lugares culturales, y motivarme a querer crear proyectos para tener un sustento para hacer eso que hacemos: tratar de aquellos que menos tienen puedan tener las mismas oportunidades que los que nacen en cuna de oro”.
Nuevamente, la oportunidad de entramar saberes vinculados a la promoción cultural, el arte, la justicia social y la gestión de proyectos aparece como un valor agregado del proyecto escuela. Es claro también el concepto de “sustento”, como forma de acreditación y sistematización de aquello que ya sucede, que ya se acciona. Ya hemos descrito el “círculo virtuoso” por el cual el acceso a las universidades por parte de los sectores populares decanta en una mejor calidad de vida para las comunidades:
“El desarrollo, el Buen Vivir y el acceso de los sectores populares a la universidad se entrelazan en este círculo de co-gestión en el que las comunidades puedan empoderarse y apoderarse de aquellas herramientas que se muestran históricamente inaccesibles. En este sentido, un mayor acceso al sistema académico puede ampliar los niveles de profesionalización de las prácticas comunitarias a las que nos referimos, y formar cuadros que se desempeñen en aquellos roles derivados del reconocimiento de este tipo de experiencias por parte del Estado. De otro modo, la falta de certificación, acreditación y sistematización de esos saberes se convierte en un techo de cristal e impide una representación legítima, empapada de las problemáticas que afectan al territorio, en la toma de decisiones significativas” (Saez y Zas, 2021).
El Taller Escuela de Luthería
El Taller-Escuela de Luthería se propone como un espacio de formación en el arte y el oficio del diseño, creación y reparación de instrumentos musicales. A partir de la articulación con el programa Producir del Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad de la Nación surge en el año 2021 el proyecto “Viruta”, un espacio de capacitación en construcción de instrumentos musicales y juguetes en madera, destinado especialmente a mujeres y disidencias que integran la Escuela Popular de Música y la red de organizaciones que con ella articulan.
A partir de la convocatoria del programa Producir lanzado por el Ministerio de Mujeres, Géneros y Diversidad, en el año 2022 se inaugura esta propuesta en la Casa Nuestros Hijos la Vida y la Esperanza. A través de este espacio de trabajo colectivo se han realizado cajones peruanos, tambores en madera, repisas, banquitos, xilofones, entre otros productos.
Oriana es una joven integrante de la Orquesta Estable de Radio Reconquista. Es artista plástica, estudiante de la Licenciatura de Artes Visuales de la Universidad Nacional de las Artes, emprendedora autogestiva y música. A raíz de su participación en las actividades desarrolladas por la Radio Comunitaria FM Reconquista (integrante de la Red Arte, Memoria y Territorios) su relación con la Escuela Popular de Música data de hace años, pero se incorporó formalmente a la propuesta del Taller-Escuela de Luthería en el año 2022.
Así relata su experiencia:
“Yo lo siento como un espacio en el que puedo ir, cuando yo quiera, cuando yo lo necesite, al taller… quizás no voy todas las semanas religiosamente pero sé que si tengo ganas de ir puedo hacerlo, que si tengo ganas de hacer un proyecto en madera tengo un espacio en donde lo puedo realizar. Y también el simple espacio de tener un lugar donde ir, de estar ahí, compartir con los compañeres, y también poder ir y disfrutar de un hobby que a mí me gusta que quizás si no estuviese este espacio yo no tendría la posibilidad de explorar tanto, porque tener un taller de carpintería no es algo que esté en mis posibilidades por ahora. Tampoco pagar un taller para ir…” (…)
“Durante el primer año que fui hice un montón de cosas dentro del programa del taller, una de las que más me gustaron fue un cajón peruano que hice que de hecho me lo traje para mi casa, después hice mesitas, bancos, instrumentos tipo tambores, todo en madera. Y ahora que estoy yendo de nuevo, llevé mi guitarra, estoy llevando algunas guitarras que están rotas, sean de la radio [FM Reconquista], de mi casa, o si alguien tiene guitarras rotas y necesitaba arreglarlas, las puedo llevar y Charly [docente capacitador] me da una mano, me dice cómo se arreglan, entonces es como recuperar eso antes que tirarlo o tener que ponerle un montón de plata encima para poder recuperar esa guitarra o ese instrumento. Y también estuve haciendo unos marcos, como unos atriles para mis ferias, yo hago ferias y vendo productos como cuadros, dibujos y así. Entonces hice como unos atriles para poder presentar esos productos en el stand, y quedaron muy lindos”.
En este caso, la estela que deja Oriana en su recorrido de la escuela a la organización y viceversa no es más que una de las tantas raíces que comunican a la Escuela con los espacios comunitarios con los que articula desde sus inicios. Al igual que el recorrido que hacen las guitarras que vuelven refaccionadas del taller de Luthería a la Radio Comunitaria FM Reconquista. La ocasión del aprendizaje de un oficio vinculado a la música y el poder volcar esos saberes en beneficio de organizaciones comunitarias no es casual: así se pensó originalmente el proyecto “Viruta”. Como un ida y vuelta entre las organizaciones territoriales y el territorio Escuela.
En ese ida y vuelta, también opera la dialéctica de la educación popular y el círculo virtuoso mediante el cual el conocimiento amplía el propio proyecto de vida, ensancha horizontes, perspectivas y saberes, enriqueciendo aquello que ya se trae como bagaje.
Memoria Viva
Las Madres llegan al Espacio Memoria y Derechos Humanos con todo el peso de la historia y deciden transmutarlo en música. Son años de resistencia y construcción política acumuladas que van tomando su lugar en los rincones del edificio. En ese camino, decenas de jóvenes y adultxs llegan a la escuela (muchos de ellos quizás sin haber vivenciado el período de la última dictadura) y recogen esa posta, que toma la forma de canciones, de palabras, de imágenes, de pintadas, de libros. Pero sobre todo de personas, de testimonios, de paredes, de pasillos, de calles, de escaleras que se recorren todos los días.
Los y las entrevistados y entrevistadas coinciden en una forma de expresar esa construcción de memoria conjunta: memoria viva. Una memoria que se ejerce al habitar un territorio, al identificarse con él, al interactuar con esa historia viva que narran las Madres, los hijos, los organismos. Y en esa forma de construcción hay un antes y un después, marcado por el hecho de comenzar a habitar el Espacio Memoria. Territorializar el espacio, volverse una y uno con el espacio, transitarlo cotidianamente aparece como una forma de hacer presente la memoria. No como memoria museificada, sino como una memoria que se ejerce y que orienta, que marca el rumbo, que redobla el compromiso.
En palabras de Soledad,
“algo que me pasaba antes de acercarme a participar de este espacio, es que toda esta temática si bien me atravesaba y me conmovía profundamente, quedaba un poco relegada al día de la marcha del 24 de Marzo. Me acuerdo que esperaba un montón ese día pero como que se acababa rápido, me quedaba con un montón de cosas dando vueltas que no sabía cómo poner en acción. Y justamente al participar de este espacio se dan tantos intercambios con personas, aprendizajes, encuentros, desencuentros también pero reflexiones, acciones, toda una serie de cosas que me fueron llevando como del pasado hacia el presente. A sentir la memoria de otra manera, más como un hecho vivo, latente. Como algo que es la base pero que puede servir para construir algo nuevo.”
Según Oriana,
“el ir y compartir con gente, (…) siento yo que si fuese un lugar en el que fuese solo un museo por ejemplo, o fuese un lugar histórico que no se hacen actividades, mucha gente no iría, toda esa gente que no va no lo tiene presente. Entonces el ir al lugar, el estudiar en el lugar, o ir a… por ejemplo yo fui hace poco a un taller en el Conti, y al taller de carpintería, todas esas cosas hacen que uno tenga presente en el día a día o en el cotidiano que eso sucedió y eso creo que es parte de la memoria, la verdadera memoria. No como, una vez al año el 24 de marzo me acuerdo que pasó esto. No, es constantemente ejercitar esa memoria, tenerlo presente, y darle otro significado. Como decir, esto pasó pero este espacio ahora es nuestro, es para nosotros y hay que honrar esa memoria de las personas que desaparecieron, honrar la memoria de las madres, honrar esa intención que le pusieron al lugar de transformarlo y volverlo algo para la comunidad”.
Así lo expresa Agustín:
“Si bien en esa época ya tenía una postura tomada al respecto, de rechazo a la última dictadura (…) al acceder por ahí a información, y al estar cotidianamente trabajando en un espacio como ese, y poder acceder a algunos debates creo que se pudo profundizar por un lado el conocimiento y el análisis de esos años, pero también creo que el compromiso. (…) Si bien yo ya participaba en una organización política, este lugar creo que me pudo brindar algunas herramientas más y creo que lo que cambió es el nivel de compromiso. También creo que conocer de primera mano o poder presenciar y charlar con víctimas directas de esos años me parece que me hizo tomarlo de otra manera, y creo que es ese también uno de los puntos que me hicieron por ahí redoblar el compromiso”.
Puesta a germinar
Mirar estos más de diez años en retrospectiva en un contexto tan hostil no es tarea fácil. La memoria, la construcción comunitaria y territorial, los derechos humanos, la justicia social y de género, son foco de un hostigamiento permanente que nos devuelve a debates añejos que creíamos saldados.
Podríamos aventurar un acierto en la decisión de las Madres de hacer recorrer una y otra vez a jóvenes músicos y músicas las calles del Espacio Memoria ex ESMA para llenarlas de viejas y nuevas canciones. Se diría que “la vieron” cuando imaginaron que salvaguardaban su legado y a su vez lo ponían en acción. Los frutos de esa decisión están a la vista: jóvenes artistas, referentes de organizaciones sociales, promotores y promtoras culturales y de derechos humanos, docentes y artesanxs que construyen memoria viva, que promueven una mirada sensible del mundo a través de la expresión artística, que construyen proyectos en sus comunidades desde una mirada crítica y comprometida políticamente, que construyen sus propios proyectos de vida.
No obstante, creemos importante destacar la necesidad de trabajar para garantizar el acceso de los sectores populares a los niveles de formación académicos, entendiendo que la reciprocidad entre las organizaciones territoriales y la universidad es uno de los objetivos trazados durante la gestación del proyecto matriz. Pese a la articulación continua con organizaciones de base que encuentran en la Escuela un espacio de intercambio, de actividades educativas y culturales y de formación en oficios, la formación académica es un techo que no se termina de perforar.
Hoy nos enfrentamos a una embestida que requiere imaginación política, la misma que tuvieron las Madres hace más de una década cuando soñaron este espacio. Mantener la memoria activa parece el desafío de esta nueva década, y ello implica estar receptivos y sensibles a las inquietudes de las nuevas generaciones. Quizás la experiencia escuela arroje luz sobre cómo abordar la historia reciente de forma creativa, sin acartonarnos, sin plegarnos sobre nosotros mismos.
Tal como el legado de las Madres, la Escuela es siembra, cosecha y fruto, puesto de nuevo a germinar.
Referencias bibliográficas
Cross, I. (2010) La música en la Cultura y la Evolución, Revista Epistemus
Escuela Popular de Música (2017) ¿Por qué la música es memoria? Disponible en (1) Escuela Popular de Música MLF – FME – EMDDHH – YouTube
Freire, P. (2002) Pedagogía del oprimido, Siglo XXI
Saez D. y Zas V.D. (2021) Sobre ruedas, rondas y círculos. El acceso a la universidad como garantía del Buen Vivir, Revista ECOS. Disponible en Sobre ruedas, rondas y círculos: el acceso a la universidad como garantía del buen vivir (unlp.edu.ar)
